El Desapego…por Rachna

El Desapego

¡Ay, ay, ay… Qué difícil resulta a veces, en mi experiencia!

Hace diez años, a principios del 2015, recibí la invitación para ir a ofrecer servicio desinteresado de larga estancia en mi Áshram de South Fallsburg, en el estado de Nueva York. En esa ocasión, no lo pensé dos veces y el desapego de los mil y un triques que tenía, sucedió sin dificultad. Solo podía llevar una maleta mediana de 23 kilos, así que dediqué un mes a elegir cuidadosamente lo que llevaría. Quisiera decir que en este momento estoy fluyendo con esa facilidad, la realidad es que estoy enfrente del apego emocional por algunos objetos que tengo. WTFpardon my French– ¿Cómo voy a deshacerme de esos zapatos tan chulos de bonitos que solo me he puesto tres veces? Vamos, intenté usarlos hace como 11 meses, y me sentí caminando como “pollo espinado” -así decía mi abuelita Elvis-, es un par de sandalias rojas de gran plataforma, y hoy día con esos “zancos” -también dicho de mi abue- no puedo caminar con confianza. Aún así, me está costando mucho trabajo dejarlos ir.

El apego y el desapego ahora es como la marea del océano que amo tanto. Va y viene, viene y va, como las olas del mar. Tendré que contemplar.

Ya sé, voy a hacer un ritual de agradecimiento, eso me funciona. Voy a poner en un lugar especial de mi pequeño departamento, todos esos objetos que ya no necesito hoy.

Hoy, temprano como todas las mañanas, llevé a Bobby McGee -el can Zen que me acompaña en la vida- a su paseo. Frente al conjunto que habito, Rebe y Esteban me saludan con cariño desde su puesto de comida. Hacía mucho que no me detenía a platicar con Rebe ya que ella ha estado ocupada cuidando a su madre de ochenta y tantos, una mujer Oaxaqueña tan hermosa. “Hola Rebe, ya te extrañaba. ¿Como estás?”, dije. “Preocupada, señorita, muy preocupada.” -le he pedido que me llame por mi nombre, y me dice que no puede-, su respuesta. “¿Por? ¿Qué te sucede, querida Rebe?” le pregunté. “Es por mi mamá, señorita. Yo le pido que ya se quede a vivir aquí con nosotros, y ella no me dice que no. Pero la escucho quejarse cada día más porque extraña su terruño.” El apego, el apego por la tierra, por la casa, por sus sobrinos que viven cerca de su hogar, y me atrevo a pensar que también por el idioma. En su comunidad, hablan zapoteco. Me parece una lengua tan dulce.

La primera vez que Rebe me presentó a su mami, lengua suelta que soy, me deshilvané y le solté un rollo, ya sabes: “Ah, pero que hermoso Oaxaca, y tan delicioso que cocinan. Rebe cocina con manos de ángel, bla bla bla bla bla bla bla…”, la señora solo me sonreía y asentía con la cabeza, hasta que me dijo Rebe “Señorita, es que no la entiende, ella solo habla zapoteco.” La abracé, y después del abrazo recordé que en algunas comunidades, un abrazo puede ser invasivo. Espero no haya sido el caso, ya que correspondió a mis brazos rodeándola.

El apego y el desapego.

En el montoncito de objetos del desapego, donde haré el ritual de agradecimiento, Mafalda tendrá un lugar muy especial. Crecí con las tiras de Mafalda, que tanto mi madre como mi abuelo, nos ponían en las manos a mis hermanas y a Miguelita Maus, y tengo varias cosas: Un figura de cerámica que pinté junto con mis nietos, un delantal que he usado dos veces pero que adorna la puerta de mi refrigerador, los clásicos imanes para el refri, y un libro grandote que mi hijo mayor acaba de regalarme -uf, cómo lo voy a dejar ir-.

Ya te platicaré, me quedan pocas semanas para mudarme a la hermana República de Yucatán.

Mientras practico, lindos hermosos: es un gusto compartir con ustedes.

Con amor,

Rachna -una mexicana que fruta vendía, y que aprende bombas yucatecas.

Ayer al salir de casa te vi muy sonriente, pero en esa sonrisa había un frijol en tu diente. ¡BOMBA!

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